¿Qué tienen en común la saga de “Crepúsculo”, “Cincuenta sombras de Grey” y “El código Da Vinci”? En primer lugar, son bestsellers y en segundo, son etiquetadas por algún sector de la población como “literatura basura” o “literatura light”.

El término “basura” se ha utilizado de manera más común en la televisión, pues ahí abundan –por la dinámica de mercado– materiales de ínfima calidad que con descaro se venden al público como estandartes de la clase popular, por ejemplo el triste caso de la “señorita” Laura.

Crédito: Internet

En Estados Unidos ese término ya tiene historia, pues al ser el centro actual del capitalismo, todas las ramas de su cultura se han visto empapadas de la oferta y la demanda y otros tecnicismos. Se pasó a considerar a las artes y la cultura como una mercancía, en lugar de un bien inmaterial único e irrepetible. De ahí siguió el concepto de bestseller, que ya desde la década de los 20 del siglo anterior bautizó a los títulos que rebasan en ventas a todos los demás.

Por ello sucedió lo obvio, las librerías colocaron una nueva sección llamada así: “Bestsellers”. ¿Y qué pasó? Muchos autores empezaron a preocuparse más en vender que en escribir algo decente, ya no les importaba escribir clásicos, sino bestsellers, con lo que la calidad de las obras se vio mermada.

Y si aún tienen curiosidad sobre qué otros libros son considerados literatura basura, visiten cualquier Sanborns, verán que al costado de los libreros tienen un estante especial para obras en idioma inglés. Prácticamente todos esos 40 títulos pasan a ser automáticamente literatura basura según esta lógica.

Pero colocar a la literatura entre buena (decente) y mala (basura) es un reduccionismo maniqueo que no conviene a nadie, y menos a un país como el nuestro, donde la lectura es una competencia que no es bien valorada por el sistema moderno, pues además de que en la mayoría de los casos no rinde frutos monetarios (lo cual es discutible), vuelve pensantes a las personas, y una persona que piensa cuestiona y argumenta, por lo que los convierte en enemigos del neoliberalismo.

Conviene, por lo tanto, evitar restringir nuestro panorama literario y más para las personas que apenas se están acercando a los libros. Los bestsellers podrán tener sus defectos cualitativos, pero cumplen una labor de promoción de lectura importantísima. Uno se mete a un vagón de metro en la Ciudad de México y se encuentra con gente leyendo “Juego de Tronos” (Game of Thrones), “Harry Potter” o “El Esclavo” de Coelho, lo cual demuestra que en México sí se lee y que la gente está en busca de algo que los haga pensar.

La “literatura basura” sirve entonces como una iniciadora que abre caminos para posteriores lecturas, que pueden ser ya libros contemporáneos o clásicos de la mal llamada “literatura light” o de la “buena literatura”.

Debemos abordar a este tipo de obras como decía el crítico de cine, Jorge Ayala Blanco: en cualquier película, por muy mala que nos parezca, hay un momento glorioso o que hace que valga la pena esa película. Lo mismo aplica para los libros.

Toda esta exposición viene al caso porque esta semana empecé a leer “El código Da Vinci” de Dan Brown, libro harto estigmatizado como literatura basura pero que al final de cuentas me está resultando una lectura agradable y fluida, que arroja datos interesantes sobre las sectas religiosas (sólo que si debe uno como lector corroborar esa información antes de creerla como fidedigna). Y debo confesar que yo mismo me avergoncé de mostrarlo en la calle (llegué al extremo de forrarlo de blanco para borrar rastros de su firma), sin embargo, como dice Ayala Blanco, toda obra de arte (llamada buena o basura) puede sorprendernos, y lo más importante, es el lector el único que puede valorarla.

Más de 50,000 títulos relacionados con El Código Da Vinci / Crédito: Sipress

El premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, dijo una vez que la buena literatura da placer y crea gente menos manipulable. Lo único que le quitaría a esa frase sería la palabra “buena”, pues pienso que Vargas Llosa subestima a los lectores. Sería como afirmar que quien lee “Mi lucha” de Hitler en cuanto termine de leerlo construirá un campo de concentración.

Precisamente ésa es la magia de los libros, que cobran poder en las manos del lector y es él quien puede crear e imaginar tomando como herramientas sus propias experiencias y pensamientos.

Antes de decir que tal o cual libro no vale la pena porque un crítico o un conocido lo dijo, conviene hojearlo y darle una oportunidad. Nadie sabe que le gusta a uno más que uno mismo. ¿Quién tiene la autoridad para decidir que vale o no la pena leer?

Para cerrar esta colaboración, quisiera mencionar una nota peculiar.

P.D. Un libro ejemplar que cambió de lugar, del estante “basura” al de “clásicos” es “El Conde de Montecristo” (1844), de Alejandro Dumas. Comenzó como una novela por entregas, ya que cada capítulo se publicaba semanal o mensualmente en el periódico. Es un libro tan extenso porque la gente disfrutaba tanto su lectura que los editores le pedían que alargara la historia para acrecentar el número de diarios vendidos. Ahora es un libro clásico y nadie lo discute.