“–Se dice que usted como escritor está obsesionado por la violencia.

“–Eso es como decir que el carpintero está obsesionado con su martillo. La violencia es simplemente una de las herramientas del carpintero. El escritor, al igual que el carpintero, no puede construir con una sola herramienta.”

Editorial: Alafaguara

Editorial: Alafaguara

Así contestó el escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962) –uno de los imprescindibles del siglo XX, a la altura de Joyce y de Proust– los cuestionamientos sobre su dureza narrativa, cuyo escenario son en su mayoría zonas rurales del sur de Estados Unidos; como un ejemplo está Yoknapatawpha, su pueblo ficcional.

Pero el legado de este personaje no se limitó a nuestro vecino del norte, sino que influyó fuertemente a escritores latinoamericanos cruciales para nuestra cultura literaria, entre ellos Gabriel García Márquez, Ricardo Piglia, Augusto Roa Bastos, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

El uruguayo llegó a confesar lo siguiente: “Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto. Por otra parte, he comprobado que esta clasificación es cómoda y alivia.” Y Onetti no ha sido el único que ha hecho pública su deuda; en todo el continente circulan tributarios de Faulkner.

Para muestra basta un botón. A continuación nombro sólo unas pocas obras que están hechas bajo el influjo directo de Faulkner: “La hojarasca” de García Márquez, “La casa verde” de Vargas Llosa y “La muerte de Artemio Cruz” de Fuentes.

Fue un escritor innovador y experimental, cuyo estilo se ha sintetizado en las técnicas del multiperspectivismo y el desarrollo del monólogo interior. La primera se nota claramente en “El ruido y la furia” (1929), novela en la cual se narra una anécdota por cuatro voces distintas. La segunda técnica también se denomina “torrente de conciencia”, que consiste en la plasmación cruda de los pensamientos, sin ninguna estructuración racional.

Posteriormente optó por la desarticulación de la linealidad de la trama. En “Absalón, Absalón” (1936) la estructura temporal se vuelve laberíntica y en “Las palmeras salvajes” (1939) se entrelazan dos novelas, a través del intercalamiento de los capítulos.

Su vida también merece una mención, pues fue una persona con múltiples ocupaciones. Paso por la Real Fuerza Aérea Canadiense en 1918 y posteriormente tuvo un empleo en la compañía de correos, donde lo despidieron por leer en horas de trabajo.

El que fue considerado como uno de los padres de la novela contemporánea ganó el premio Nobel en 1949 y el Pulitzer en dos ocasiones (1955 y 1963). Como dato curioso está su marcada enemistad con otro gran escritor estadounidense, Ernest Hemingway, quien se refirió a Faulkner con la siguiente frase: “Tengo que pasar a través de un montón de mierda para encontrar oro”.

Y para todos aquellos que quieran acercarse a este enorme narrador les recomiendo sus “Cuentos reunidos”, una colección de relatos que fue galardonada con el National Book Award.

La obra fue ordenada y cuidada por él mismo; en ella buscó armonía entre sus partes y unidad. Resulta una excelente carta de presentación y puerta de acceso al universo faulkneriano. Contiene toda la brutalidad que lo ha caracterizado, además de momentos de ternura que aligeran un poco la tensión dramática.