En este mes patrio me doy a la tarea de recomendar dos lecturas mexicanas que comparten un mismo sentimiento: la nostalgia. Ambas dirigen su atención hacia el pasado, la primera bajo los influjos de una total ironía, la segunda sólo aderezada con unos toques de humor negro. La primera léala si quiere soltar la carcajada, la segunda si quiere ahondar en la infancia, la cual siempre tiene sus momentos obscuros.

 

Estas ruinas que ves (1975)

Francisco Aldebarán, un profesor que ha vivido toda su vida adulta en la capital, ha decidido regresar a su ciudad natal para trabajar en la universidad de Cuévano. En cuanto llega se enamora de Gloria, una de sus estudiantes y quien está comprometida. Y es un amor aún más imposible, ya que uno de sus compañeros de fiesta le confiesa que la joven tiene un defecto en el corazón y si llega a tener un orgasmo morirá.

Editorial: Booket

Editorial: Booket

A partir de ahí Aldebarán la cortejará con mesura, a la vez que repartirá sus energías al mantener un romance con Sarita, la esposa de un colega.

Toda la narrativa de Jorge Ibargüengoitia tiene esa ironía que sabe tomar su lugar en la historia. Es imposible leer un libro como “Estas ruinas que ves” sin reírse aunque sea una vez; y genera todo tipo de risas, las que causa el humor blanco y las del negro.

El humor está expuesto en todas sus variantes, pero al escritor guanajuatense se le da mejor el que se acompaña de una crítica amarga de la realidad mexicana: tenemos el cuestionamiento de la historia oficial (“Interpretación que por desgracia ha quedado relegada al olvido, por no coincidir con la versión aprobada por la Secretaría de Educación Pública”); a la idiosincrasia femenina en la provincia (“¿No se da cuenta –exclamé– que la vida no es el nido de lagartos que tienen las mujeres de por aquí metido en la cabeza?”); así como a la corrupción política (“‘Estás en libertad de imaginarte lo peor’. Y me quedo pensando, ¿contrabando? ¿homosexualidad? ¿trata de blancas?”).

Esta novela podría pasar como una colección de relatos, de anécdotas, que forman una obra, como lo es su única compilación de cuentos: La ley de Herodes (1967), en la cual no hay una secuencia cronológica ni temática. Pero a lo que voy es que cada uno de los capítulos de “Estas ruinas que ves” tienen una unidad que los podría convertir en cuentos. Tienen esa fuerza singular gracias a su precisión.

Para terminar con esta primera recomendación me limito a decir que es una gran burla al mundo intelectual de provincia, cuyos actores pasan sus días entre las aulas, las cantinas y el romance.

 

El viento distante (1963)

Todo el mundo conoce a José Emilio Pacheco por el popular libro “Las batallas en el desierto” (1981), aquella inocente historia protagonizada por Carlos, quien se enamora de su profesora de la primaria y sufre como sólo un niño de 10 años puede sufrir por amor.

Editorial: Era

Editorial: Era

Esta nouvelle o novela corta ha marcado a varias generaciones y ha trascendido el papel y pasado al celuloide, como es el caso de la película “Mariana, Mariana” –dirigida por Alberto Isaac en 1987–, y al disco compacto, con la canción de Café Tacvba “Las batallas”.

Es así que el abogado y escritor de formación ha conseguido imprimir su trabajo en la mente de la sociedad mexicana.

Y escondida entre la fama de esta obra y de “El principio del placer” (1972), se asoma tímida y sutil la colección de cuentos: “El viento distante”.

Ésta en su mayoría se encuentra habitada por niños y adolescentes, como acostumbra el Premio Cervantes 2009, quienes conviven con el dolor y la nostalgia, algo que ya expresa el título de la obra.

Son personajes incompletos e infelices que están en busca de algo. Van indefensos en este mundo irracional en donde los pilares de la civilización –la religión y el dinero– no brindan la ayuda que se necesita, por lo que quedan condenados a la desgracia. Visión muy pesimista la de Pacheco.

En estos 14 relatos, al igual que en “Las batallas en el desierto”, el papel de la mujer es importante. Es un objeto de deseo de los protagonistas que los conduce al infortunio. Las féminas cautivan a los varones y delimitan su libertad al provocar que todas las acciones giren en torno a ellas. No es un libro de finales felices, lamento informar, pero no por ello se encuentra falto de humor.

Toda esta obra en conjunto funciona como un manifiesto del escritor hacia la sociedad. Critica nuestra civilización, nuestras creencias, nuestra forma de menospreciar el intelecto de los niños, entre otras cuestiones.

Una voz agresiva endulzada con una prosa ágil. La valía de Pacheco es narrarnos cosas insignificantes –para la mayoría de las personas– de manera extraordinaria. Un verdadero cronista de la condición humana, preocupado por su tiempo y por las desgracias que éste acarrea.