“¡OH, OH, DIOS MÍO, PIEDAD! ¡SEÑOR AYÚDAME! ¡CRISTO! ¡CRISTO! ¡SOCORRO!” (Mayúsculas del texto original)

¿De qué cristiano practicante provendrá esta lamentación sacra?

Post Office (Cartero)

Post Office (Cartero) / Crédito: Internet

Pues nada menos que del último escritor maldito de la literatura norteamericana: Charles Bukowski (1920-1994) –a quien se compara con grandes como Henry Miller, Céline y Ernest Hemingway–. En esta parte de su novela “Cartero” (Post Office, en su idioma original), su alter ego Henry Chinaski es aplastado por un enorme y adornado árbol de navidad que lo tortura con sus lucecitas puntiagudas y con su daga-estrella, una imagen similar a la de Jesucristo crucificado.

Durante toda su existencia literaria, Chinaski –este personaje soez y vulgar– se encarga de representar un sui géneris sueño americano: holgazanear bañado en sexo y alcohol. Habita en novelas y cuentos de Bukowski por igual y suelta de vez en vez aforismos que aturden a las buenas conciencias, por ejemplo: “Cualquier imbécil puede tener un trabajo; vivir sin trabajar es cosa de sabios. Por aquí lo llamamos «chulear». A mí me gusta ser un buen chulo.”

Pero a qué viene el título y el inicio de este artículo. Si se dice que Bukowski es un profeta americano –a manera de ironía–, conviene saber qué es la “religión americana”, la cual generó posteriormente el “sueño americano”.

Ya sean pentecostales, mormones, adventistas del Séptimo Día, testigos de Jehová, baptistas o fundamentalistas, la mayor parte de los estadounidenses que profesan religiones surgidas a partir del cristianismo occidental creen firmemente en una idea egocéntrica –al menos los fundamentalistas– y ésta la explica el crítico literario Harold Bloom en su libro “La religión americana”: “El tema clave no es de ninguna manera la infalibilidad bíblica, pues los fundamentalistas, gnósticos sin saberlo, no creen que Dios los creara. Lo que saben en lo más profundo de sí es que no formaban parte de la Creación, que existían como espíritus anteriores, y que de este modo son tan antiguos como el propio Dios.”

Después de escuchar esta afirmación, es claro por qué los estadounidenses actúan de la forma en que lo hacen: se colocan al mismo nivel que Dios o hasta más arriba que él. Falta agregar, que según una encuesta mencionada por Bloom, nueve de cada 10 ciudadanos estadounidenses están seguros de que Jesús los ama.

Con todo esto quiero llegar a aterrizar esta fe americana en un representante indirecto: Henry Chinaski, quien vive en la incorreción y en la ilegalidad sin temor de Dios, porque su cultura le heredó esa confianza en sí mismo, el ser su propio Dios.

Este personaje de Bukowski se ha convertido en un verdadero profeta americano para sus lectores, al vivir ese sueño americano a su modo, con su peregrinar a través de hospitales, hipódromos, bares, apartamentos deprimentes y amores baratos. Deambula entre cuentos y novelas por igual y al final creó un arquetipo del antihéroe.

“Yo no era un robaperas. Yo quería el mundo entero o nada”. Así sin más, habla de su deseo de trascender; y aunque esté conviviendo con subnormales y alcohólicos –como Jesús entre leprosos y prostitutas–, Chinaski le tira a algo más alto.

Charles Bukowski

Charles Bukowski / Crédito: Internet

Para cualquier otra persona, ese estilo de vida desenfrenado conduciría a la muerte, sin embargo a Chinaski lo alimenta, lo nutre. De esta forma lo dice el protagonista, al hablar con su amante en turno cuando ella le pide que continúe en su trabajo: “Mira nena, lo siento, ¿pero no te das cuenta que este trabajo me está conduciendo a la locura? Mira, vamos a dejarlo. Vamos simplemente a dedicarnos a holgazanear y a hacer el amor y a dar paseos y a charlar. Podemos ir al zoo a ver a los animales. Podemos ir a ver a las máquinas en los recreativos. Podemos ir a las carreras, al Museo de Arte, a los combates de boxeo. Podemos tener amigos. Podemos reír. Esta forma de vida es como la de cualquier otro: nos está matando.”

El sucio profeta da su testimonio y el lector no puede parar de reír. Párrafos como éste recuerdan el final de la película de Danny Boyle ,“Trainspotting”, en donde el personaje de Ewan McGregor se da a la fuga con el dinero de los “amigos” y enumera todos los detalles de una vida ordinaria, con lavadoras, televisiones, carros, trabajo regular, etcétera.

En “Cartero”, justo cuando uno como lector cree que está ante un individuo al que Dios olvidó, las acciones se encargan de demostrarnos que estamos equivocados. Chinaski se regodea en el sueño americano y su Dios le aconseja a qué caballo apostar y qué bebida alcohólica tomar. El profeta americano no necesita apóstoles, solamente lectores.

Las alusiones a Cristo, de forma profana, abundan en Bukowski, como si quisiera crear un binomio Chinaski/Jesús. Como en el capítulo en que el protagonista pasa una noche con una mujer que conoció en el hipódromo en un hotel con vista al mar. En tres de 14 palabras lo menciona –la religión americana lo abarca todo en esa nación del norte, bien lo dijo Harold Bloom–.

“–¡Oh, Cristo! –dije–. ¡Cristo!

No sé por qué Cristo aparece siempre en estos casos.”