La semana pasada, al parecer, todo quedó dicho sobre este icónico personaje de la literatura mexicana contemporánea. Cada medio impreso y electrónico dedicó un espacio para honrar a la memoria del escritor José Emilio Pacheco Berny. Se vio y escuchó, respectivamente, a una de sus hijas y a su esposa, Cristina Pacheco (Aquí nos tocó vivir, Canal Once) hablar sobre la lamentable pérdida de su padre y esposo.

La frase que opacó sin esfuerzo a todos los demás pensamientos de la opinión pública fue la siguiente: “De ahora en adelante tengo que hablar en pasado de una persona que está totalmente presente en mi vida. Todo lo que yo diga de él es pasado. Pero puedo hacer algo, puedo hacerlo real conmigo y que sea un presente distinto porque ‘no entiendo la vida sin él’”. Remarco aquí la última parte, la cual denota la honda tristeza de la también escritora y conductora, todas las demás muestras de afecto quedan reducidas a nada si las comparamos con la anterior.

1939-2014

1939-2014

Pero el motivo de este artículo no es regodearse con esta congoja, sino invitar a los lectores a comenzar una conversación íntima con José Emilio Pacheco. –¿Y cómo es eso posible después de su deceso? –preguntarán. La respuesta se la quito de la boca al escritor estadounidense Paul Auster:

“La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos”.

Esa comunicación profunda es única en la literatura, el escuchar en la cabeza esa voz amigable de cualquier tipo de ser humano, de cualquier nacionalidad.

Al aliento de Auster se le suma el de René Descartes:

“La lectura de todo buen libro es como una ‘conversación’ con los hombres más esclarecidos de siglos pasados; una conversación selecta en la cual nos descubren sus mejores pensamientos”.

Quién no quisiera hallarse ante los pensamientos de José Emilio Pacheco, aquella cabecita blanca que junto al otro fallecido Carlos Monsiváis, asistieron a un concierto de Café Tacvba hace relativamente poco, en la Plaza de Toros Santa María, aquí mismo en Querétaro. (http://www.youtube.com/watch?v=xZJ5rrqez18)

Y hasta su partir fue poético, su último escrito fue una elegía a su amigo, el también poeta Juan Gelman, cuyas obras completas acababa de leer. Como si hubiera sabido lo que iba suceder, quiso despedirse de él de la mejor forma posible, mediante uno sus “inventarios”, aquella columna que comenzó en el diario Excelsior y que migró a la revista Proceso.

“Un estúpido golpe” acabó con él, o así lo expresó él mismo, según dijo su viuda: “Por un estúpido golpe en la cabeza no voy al hospital. Fue un golpe y ya”. Lamentablemente eso detonó su visita al hospital, lugar donde pasó sus últimos momentos.

Y así, en medio de estas despedidas, no queda más que hacer lo contrario. Vayamos a tocar a la puerta de su casa, la cual tiene dimensiones rectangulares y está compuesta de un lomo, portada, contraportada y muchísimas páginas. José Emilio Pacheco nos espera con la cafetera caliente y uno que otro bocadillo, sólo hace falta sostener ese libro, abrir los ojos y no cerrarlos hasta que lleguemos al punto final. Conversemos con él